Oda a mí mismo
Martes, 12 de diciembre de 2017
Harto
arduo fue el camino,
mas
ya despierto está —y ¡tan vivo!— el canto.
Ante
mí yo me inclino;
y
del suelo desplanto
la
frivolidad, mi reflejo y el llanto.
Diluvió
agua y dolor;
me
desvestí rápido la armadura.
Vociferó
un fragor
y
exclamé yo amargura;
le
dije: —¡Venga a mí, infame criatura!
Desnudo
y bien expuesto;
redondo,
perfecto; nunca observado,
nunca
antes tan apuesto.
¡Qué
distinto y delicado!
Nuevos los ojos y nuevo el
amado.
—Alonso Macías Recio.
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